Penny Scroll #1

Miró la foto de su hijo, arrugada, como perdida en el tiempo, esa era la razón por la que hacía todo aquello. Por él y su esposa, de quien no tenía más que un recuerdo desesperado.

El sonido de la máquina de escribir ocupaba hasta el silencio que aún no ocurría. Siempre pensó que su carta de despedida sería más corta, pero tenía mucho que contar. Todo menos su fórmula, nunca su fórmula, no después de que todos se habían burlado. Quizás debería dejarla como prueba de la verdad en su locura. Ya no había tiempo para nuevas ideas.

Terminó la carta, dirigida a quien la entendiera. Volteó y la miró, allí, construída de los pedazos de chatarra que había recolectado después de tanto tiempo. Nunca presumiría en la estética, sino sobre el hecho de haber construido la primera máquina del tiempo. Tampoco pensó que terminaría viéndose así, triangular y tan cuadrada, como un colchón que cae inclinado hacia la pared, pero así había tenido que ser, no tendría la osadía de juzgar una máquina del tiempo, solo necesitaba regresar.

Había pensado en adelantarse, hasta un tiempo donde ya hubiese muerto y aprender si el dolor de perder a su familia, eventualmente, desaparece pero, ¿Quién construye una máquina del tiempo sin la motivación de corregir?

La carta estaba terminada, la máquina dispuesta y la fecha exacta donde todo había ocurrido cargada en el tablero. Solo tenía que conectar el cable principal. Estaba seguro que causaría un apagón en la cuadra, en la ciudad y ojalá en todo el mundo, para que todos sintieran la oscuridad que lo acompañaba cada segundo. Tomó el cable, miró la pared y quiso no volver a dudar nunca más.

La luces no se apagaron, todo lo contrario. Un resplandor incandescente inundó la habitación. Cegado, perdido y confundido, solo sintió el pinchazo en el cuello. Ni siquiera el golpe contra el suelo.

 

————————–

 

—Paciente Z4292, Doctor.

—¿Z?

—Eso no es lo importante.

Sara Von Marais, jefa del departamento de Psiquiatría y Psicoanálisis, había sido forzada a consultar la opinión del Doctor Gúlabi. Una celebridad en el campo de la esquizofrenia con amplia experiencia siendo detestable. Hubiese preferido al Doctor Tussó, pero era difícil obtener lo que quería. Sin embargo, necesitaba ayuda con ese caso, se parecía a todo lo que conocía pero, no lograba un diagnóstico final.

—No tengo que ver nada más. Un típico caso de esquizofrenia.

—No estoy tan segura…

—Imagina que un colchón es una máquina del tiempo, escribe en una máquina sin papel y esperaba que al conectar la lámpara, la máquina lo llevaría a salvar una familia que nunca tuvo.

—Sí, pero… —dudó— es él.

—¿Él?

—Mi diagnóstico más reciente está más cerca de un desorden de personalidad múltiple.

Gúlabi volteó soportando el momento. —¿Personalidades múltiples? —Se escuchó la risa sarcástica que Gúlabi nunca quería disimular.

—Espero no tener que explicarte porque estás equivocada.

—No hace falta —Imbécil—, pero sí quería me explicara cómo es que nunca ha habido antecedentes en su niñez y tampoco conductas violentas en ningún caso.

La conversación se interrumpió por el abrir y cerrar de ojos del paciente. Ellos observaban desde un vidrio de seguridad en el techo.

¿Donde estoy? ¿Por qué estoy amarrado a esta cama? Miró su reflejo en el techo sin entenderlo. Las manos le pesaban, latían por ayuda. Estas no son mis manos, ni siquiera son de mi color. Espera, claro, eso puede pasar. Es normal.

Otto, Otto… ¡Otto! —gritó el enfermero.

El peor de todos, asignados solo a los pacientes del grupo Z, gritó para hacerle volver.

¿Quién este idiota? ¿Qué hago aquí? ¿Por que uno de nosotros estaría atado? ¿Encerrado?

Su corazón hubiese explotado cualquier monitor de haber estado conectado. No, no puedo terminar aquí, algo he hecho mal… ¡DEBO SALIR!. La adrenalina se apoderó de él, le habían contado que eso podría pasar.

—¡Sueltenme! —Gritó asustando a todos.

Maldición, pensó Sara.

—¡Este no soy yo! ¡Es un error!… Me han engañado ¡QUIERO SALIR!

El enfermero se inundaba de morbo al verlo sufrir y tratando de escapar de su ataduras. Gúlabi reía.

—Ahí acabas de obtener tu episodio de conducta violenta. Esquizofrenia. No tengo más nada que hacer aquí.

Estas equivocado, pensó Sara.

 

————————–

 

Intentó abrir los ojos y reconoció que estaba sedado.

Maldición, ¿a quien habré llegado?, pensó aún amarrado a la cama. No podemos permitir estos narcóticos.

Abrió por completo los ojos y reconoció la habitación del hospital psiquiátrico, maldita sea, estaba en el lugar correcto pero, todo le dolía.

—No… n… n

Imposible hablar.

Sara se había dormido en una silla. El caso la tenía totalmente desquiciada. No por la dificultad médica, sino por lo que nadie quería decirle. Por la conexión que podría tener con su tío y sobre todo porque sentía, en su corazón, que se cometía una injusticia con aquel hombre que, antes de demente, parecía ser una víctima de quien lo asignó al grupo Z.

Otto, el paciente, retomaba consciencia.

—Mucho cuidado, doctora. Puede volverse violento.

Skandragupta, el enfermero, hacía el mejor esfuerzo por esconder las perversiones de su carácter, pero no lo lograba. Otra de las cosas que Sara no podía cambiar.

—No se preocupe, no creo que el episodio anterior se repita.

El balbuceo de Otto se convirtió en palabras cortas. Sara se acercó poniéndose de pie. Skandragupta mantuvo guardia, mientras recordaba con la mirada cada curva de la doctora.

—Esquizofre-fre-fre-nia…

¿Qué?, pensó Sara.

Otto suspiró y tomó fuerza

—¡Esquizofrenia no!

—Yo sé —dijo Sara sorprendida ¿por qué estaba él determinando el diagnóstico?

—Otra cosa… no, otra cosa. Inquilino, ¡debo salir!

¿Inquilino?

—¿Qué otra cosa, Otto, qué otra cosa tienes?… Ayúdame.

¿Me ha llamado Otto?… estaba en lo correcto, había llegado al momento correcto, estaba justo donde quería estar, tenía que salir.

—Esquizofrenia ¡no!… ¡INQUILINO! —dijo con el último suspiro.

—Estás hablando cosas sin sentido, no puedo ayudarte así.

—¡NO! —gritó abriendo los ojos.

—Doctora, retroceda.

¿Inquilino?, ¿Qué rayos había querido decir? Nada, solo está alucinando, pensó Sara y se percató de lo que Skandragupta hacía.

—No, espera.

Ya no podría detener el sedante navegando la sangre de Otto.

—Protegiéndola, doctora.

Sara salió llena de ira. Skandragupta se acercó para susurrar.

—Duerme, duerme para siempre. Mientras yo esté aquí nunca saldrás. Los locos nunca salen del manicomio.

 

————————–

 

Abre los ojos. Reconoce el cuarto. Ha regresado. ¿Cuánto tiempo habrá pasado?, piensa e imagina que debe haber perdido popularidad por ser el culpable de aquella tortura. Tenía que asegurarse de permanecer allí. Necesitamos escapar.

El problema es la sedación, piensa. Tiene que evitarla y para eso tendrá que comportarse. Por lo menos hasta concebir un plan de escape. Me siento bien ¿Cuánto tiempo habré dormido? ¡¿El diario?!

—El Paciente Z4292, Otto Barriot, se pone de pie —dicta Sara a un grabador pequeño en su mano izquierda.

Ha decidido que grabará varias sesiones, hasta el último detalle, desde la distancia, para evitar problemas con el enfermero o todos los que parecen estar en contra de que atienda el caso.

—Muestra una calma atípica —El grabador recibe sin prejuicio.

Otto camina por la habitación. Estira su cuerpo. No recuerda que lo están observando y si lo hubiese hecho, tendría que ignorarlo.

—El paciente muestra una lucidez, deseable, en su actitud. Finalmente encontró lo que estaba buscando.

Sara sentía su corazón latir más fuerte, tenía una idea de lo que iba a ocurrir. Otto encontró el diario en la mesita al lado de la cama. Con paciencia se sentó en el escritorio y tomó consciencia de que lo estaban observando. Trató de mirar sobre su hombro hacia el techo, no pudo percibir nada y concluyó que sería mejor hacerse el no visto.

Tomó el diario y repasó sus ideas. No tenía alternativa. El cuaderno no era ni muy grande ni muy pesado. Negro desgastado y atropellado por el uso. A lo largo una banda de cuero marrón que ataba las hojas y, justo en el medio, un broche delgado que solo se abría ante la persona correcta.

—Lo va hacer —dijo Sara, sin grabar.

Otto retiró la banda de cuero y con solo acercarla a su muñeca derecha, de forma mágica, esta se ajustó a la perfección.

Sara miró emocionada.

Cuando había terminado de ajustarla, apretó el broche central y el diario se abrió por completo.

Sara salió corriendo sin pensarlo. Apretó el botón para hablar, del radio que compartían todos los empleados, y gritó desesperada.

—¡El diario!, ¡El diario!… El paciente… Otto, otto ha abierto el diario.

————————–

Otto notó con decepción que, en el diario, había sola una entrada luego de la que él había escrito. Imposible saber cuánto tiempo atrás había sido. Lo mismo dos días que todo un año.

Observó la fecha de su nota, 16-agosto-1984. La siguiente lo preocupó, entre otras cosas porque no había usado bien el lenguaje. Habría tratado de descifrarlo pero, con solo algunas frases, supo quien era: Máquina del tiempo, esposa, salvarlos a todos, inquilinos sin nave… la fecha marcaba febrero, 1890. Era un error sin duda, pero ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Era  muy tarde para poder escapar? ¿O todo ya habría ocurrido?

Regresó a su nota, sería la única pista que tenía. Allí reconoció un nombre que le hizo refrescar la ira, la impotencia y la razón por la que había decidido regresar: Vincent Morozur.

¿Cuánto tiempo había que tenido que irse? ¿Cuánto tiempo habría invertido en entrenarse?… 4 años, calculó al final y se impresionó que hubiese requerido tanto.

La puerta pareció haber estallado, arrebatada por un huracán y Otto se lanzó al suelo con muchísima lentitud y de manos levantadas para demostrar su intención de cooperar.

—¡No te muevas! —gritó Sara. Viendo que el Diario estaba desatendido en la mesa.

—Lo que usted diga, solo no use el sedante —dijo para sorpresa de Skandragupta—, cooperaré. No seré violento otra vez.

Otto asumió que los visitantes previos, sino habían escrito, era porque habían tenido problemas.

Sara ignoró el comentario y comenzó a hojear el diario. Enseguida supo que se había obsesionado por nada. Más que una forma extraña de escritura,se trataba de unos jeroglíficos que no tendría manera de descifrar. Un lenguaje que probablemente no diría nada. Se decepcionó y recordó por una esquina de la memoria, lo que el paciente había dicho.

—¿Por qué no quieres el sedante?

Sara tenía, entre sus notas, que el uso del sedante disparaba las diferentes personalidades, pero le daría vergüenza aceptar eso como una teoría.

—Es difícil concentrarse con tanta sedación.

Sara lanzó el diario sobre la mesa y supo que tendría que obtener sus respuestas de otra forma.

—Tenemos que hablar.

Para su sorpresa, obtuvo la primera respuesta:

—Sí… y mucho.

————————–

—¿Quién es usted y qué hace aquí?

—Mi nombre es Lui… perdón. Soy Otto Barriot y ¿Aquí? es más complejo de explicar. Especialmente para nosotros.

Sara ordenó a Skandragupta retirarse, para su sorpresa obedeció. Podría interrogarlo sin tener que preocuparse por ser psiquiatra. Cuánta lucidez en su mirada, pensó al verlos los ojos a su paciente.

—¿Nosotros?

Otto esperó estar completamente solos.

—Nosotros, sí… los Inquilinos del Tiempo.

Sara levantó una ceja y movió su cuello, suficiente para dar a entender que necesitaría más información y tratar de esconder su emoción por escuchar de nuevo la palabra que le interesaba, Inquilinos.

Otto no tenía otra opción. Tendría que confesar.

—Hay varias formas de describirnos. La más común es viajeros del tiempo.

Sara tuvo que luchar con el prejuicio, la lógica, su carrera y el sentido común, para no perder el hilo de la conversación luego de aquella confesión.

—Solo que no viajamos físicamente en el tiempo.

Estamos mejorando, pensó la doctora.

—Solo nuestra conciencia, y a veces ni siquiera en su totalidad.

—¿Cómo pueden dos personas habitar el mismo cuerpo?

—Nunca estamos dos en el mismo cuerpo. Somos parte de una consciencia colectiva, atemporal, y en el momento preciso, con la práctica suficiente, podemos ocupar distintos cuerpos en el tiempo.

No podría esperar que una psiquiatra le creyera semejante locura. Decidió seguir la corriente.

—¿Es entonces usted la consciencia original de este cuerpo? ¿Es usted Otto Barriot?

Tendría que mentirle en esa parte de la historia.

—Sí, por supuesto, he podido regresar y por eso necesito decirle que mi inclusión dentro de un centro psiquiátrico, no es solo un error sino un riesgo para la humanidad.

Otto sabía que no estaba ahí por locura, sino por órdenes de Vincent Morozur. Sara también.

—¿Y por qué es usted tan importante para el mundo?

Otto la miró a los ojos.

—Por que es mi deber, en esta época, conseguir al Caballero Blanco.

Sara hizo la señal para dejar entrar al enfermero. Otto se sorprendió pero no quiso reaccionar de forma violenta.

—Entiendo —dijo Sara decepcionada de no estar hablando con quien creía—. El caballero blanco no debe esperar.

—No ¡espera! ¡No!…

La aguja del enfermero penetró su brazo izquierdo sin remordimientos. Oscuridad total una vez más.

————————–

—Hola… ¿Quién es usted y qué hace aquí?

—Mi nombre es Tobias, el ‘aquí’ es complicado.

Sara suspiró. Estaba intentado hablar con quien sea que le hubiese hablado del diagnóstico. Aquel que había usado la palabra Inquilino por primera vez. El mismo que le había asegurado lo que ella ya sospechaba, y es que no se trataba de un caso de Esquizofrenia. Pero veía en la mirada de esta nueva sesión, que aún no era él quien estaba sentado enfrente de ella.

—Tiene cara de desilusión.

—Disculpa, pensé que estaba hablando con otra persona

¿Otra persona? ¿Con quién podría querer hablar ella?

¿Con quién desea hablar?

—Ese es el problema. No sé su nombre.

—Eso hace todo un poco más difícil. Además ¿qué puede saber un simple escritor como yo?

Sara sabía lo que tenía que hacer pero sentía que de esa forma no llegaría a ninguna parte.

—Al doctor… ¡Eso es!

—¿Disculpe? —dijo Sara extrañada.

—Al Doctor. Claro, él es el único que se me ocurre que usted podría querer ver.

Sara no tenía idea si había hablado con un doctor o no, pero el hecho de que hubiese balbuceado un diagnóstico, hacía aquella conclusión muy lógica.

—Sí, con el doctor ¿Tú puedes hacer que hable conmigo?

—¿Yo? Jajaja… El doctor no tiene interés en venir aquí. Al menos que…

—Al menos ¿qué?

—No, es solo una conclusión tonta. El problema es que el doctor no tiene ningún interés en esta época.

—¿Es decir que el Doctor es un Inquilino del Tiempo?

Otto se sorprendió

—¿Cómo conoce usted ese término?

—Ya he hablado con otros

Sara estaba ya perdiendo la consciencia.

—Interesante. Entonces ¿Por qué seguimos recluidos en este hospital psiquiátrico?

Sara quiso tomar parte con el paciente, a veces resultaba mucho más sencillo que tratar a los doctores y enfermeros.

—No depende de mí y para serte honesta, quiero entender lo que pasa en su cabeza.

Pues lo primero es entender que son varias. Se reservó para sí Otto, o Tobías, como había dicho que se llamaba.

—Buena suerte con eso. Ahora si me lo permite, debo continuar con mi libro

Sara observó a su paciente escribir en la máquina sin hojas. Estaba cansada, era la una de la mañana y estaba sola con él. Tenía que seguir intentando. Tomó ella misma la inyección y la dejó caer sobre el cuello de Otto.

—Inquilino del tiempo.

Fue lo primero que escuchó Sara en una nueva sesión.

—Hola, buenos días.

Decidió dormir un poco y recuperar las energías.

—Inquilino del tiempo fue lo que quise decirte en aquel momento que coincidimos.

¿El Doctor?, pensó Sara. Aunque no quiso demostrar su emoción.

—Gracias por reducir la dosis.

Sara asintió. En efecto se trataba de un Doctor. Aun así debía inquirir un poco más.

—Me han dicho que usted es un doctor.

Otto la vio con una mirada totalmente nueva.

—Eso no es lo importante ahora. Una pregunta…

—Dime.

—¿Hace cuanto estuve por aquí la última vez?

—Un par de días, quizás tres.

El Doctor arrancó una hoja del diario ilegible, la dobló y la guardó, con picardía, en la gaveta de la mesita al lado de la cama.

—Por lo que pude ver tienes intenciones de ayudar ¿Cuál es tu nombre?

La doctora Titubeó.

—Sara Von Marais.

—¡Ja!… ¿Algo que ver con Marcos Von Marais?

—Es mi tío.

El doctor, Otto o quien fuese, se puso de pie y circulaba por la habitación.

—Entonces no solo es que quieras o no ayudar, es que debes ayudar.

Sara se sintió invadida ¿Quién es él para darme órdenes?

—Puedes escoger que no. Estás en tu derecho, pero si ese es tu apellido, debes saber porqué estamos aquí.

La doctora se sintió intimidada por no conocer nada de lo que aquel personaje esquizofrénico estaba hablando.

—Quizás podría ayudarte.

—Bien. Lo primero que vas a hacer es contactar al doctor Tussó

¿Tussó? ¿habría escuchado bien? ¿Sería posible que aquel caso…?

—¿Julian Tussó?… ¿estamos hablando de la misma persona?

Otto dejó escapar una ligera sonrisa, al reconocer la emoción en el tono de la doctora.

—Sí, el mismo. El psiquiatra.

—Nunca podría contactarlo, es muy ocupado.

Otto tomó un bolígrafo de la mesa y le escribió un número en la mano de la doctora. Envía un fax a ese número. Diciendo que debe ir a hablar con Otto Barriot.

Sara meditaba su tarea.

—Ahora necesito que me hagas dormir otra vez. Con un cuarto de dosis, estará perfecto.

La doctora no podía pensar más allá de la posibilidad de hablar con el Doctor Tussó.

Otto se acostó en la cama. Sara obedeció y una vez más, forzaba un cambio de personalidad en su paciente.

—Sara, es muy importante que hagas eso hoy mismo. No creo que me queden muchos días aquí.

————————–

Los domingos era el único día que no iba al hospital psiquiátrico, pero era incapaz de pensar en otra cosa. Había obtenido el puesto que tenía gracias a su tío Marco Von Marais, uno de los dueños de las instalaciones. Él, el temido Vincent Morozur y otros asociados habituales de un grupo de poder que manejan múltiples organizaciones, no todas legales.

Siempre sintió que la miraban con celos por ser la sobrina del dueño y por eso trabajaba el triple.

Para ella solo tenía media hora de carrera diaria y los domingos. Día en el que la carrera duraba lo necesario para no tener que necesitar terapia semanal.

En su mente retumbaban, al ritmo de sus zancadas, las últimas palabras de su paciente: no me quedan muchos días aquí. A eso le sumaba el comentario que Skandagrupta le había compartido, al saber que ella no visitaría en un par de días a Otto Barrios: no se preocupe doctora, cuando regrese encontrará todo limpio, todo ordenado y por fin, no tendrá que preocuparse más. Era imposible que ambos comentarios no guardaran relación. Pero ¿cómo? Él único que parecía poder ayudarla era el doctor Tussó, pero no había recibido ninguna respuesta desde el viernes, cuando había enviado aquel fax.

Mientras rotaba esos pensamientos con la angustia de no estar en el trabajo, por providencia de la constancia, recordó la carta que su tío le había enviado cuando logró la posición en el hospital. Conectó todo.

Sin cambiarse de ropa y violando cuanta regla de tránsito conocía, llegó desesperada al hospital corriendo como si no hubiese mañana.

Entró con esperanza a la habitación de Otto Barriot. Supo que había llegado tarde. Ni siquiera el olor habitual estaba. Todo intacto, no solo para recibir a un nuevo paciente, sino como si nunca hubiese sido ocupada.

Paso por detrás uno de los encargados de la limpieza. Le extrañó no ver a Skandragupta por ningún lado, quizás era uno de sus pocos días libres, quiso pensar.

—Oye, ¿qué sabes del paciente Z4292?

—Solo que fue dado de alta ayer en la madrugada,

Sara meditó la información tratando de no lucir sorprendida. Era su paciente. El señor de la limpieza buscó en sus estantes una carpeta. Encontró la orden.

—De hecho fue usted, Doctora. La que firmó la orden.

—Sí, por supuesto. Preguntaba para estar segura de todo había salido bien.

El hombre se encogió de hombros y siguió su camino. Sara se inundaba de pavor por dos cosas. ¿Cómo enfrentaría a Vincent Morozur cuando se enterara, estaría en peligro su vida? pero, más importante ¿Dónde estaba Otto Barriot?

————————–

Otto pensó que su salvador lo encontraría en un bosque, un terreno vacío o una carretera inhóspita, pero no. Había seguido las instrucciones hasta sentarse en un café de la plaza, abarrotado de turistas. Sin dinero para un agua esperó ansioso a que él -o ella- llegara. Lo reconoció enseguida por su forma de caminar. Algo tenía que lo delataba, no para el resto, pero sí para él.

Otto se puso de pie y lo miró a los ojos. Ojos verdes, cabello oscuro, quijada fuerte, musculatura acorde a su rostro y piel quemada. Todo oculto dentro de un traje hecho a la medida. Otto sabía exactamente quién era, pero no lograba recordar bien ese rostro.

Estuvieron de frente al fin, se dieron la mano, se sentaron en sillas opuestas y Otto Barriot le preguntó:

—¿Otto Barriot?

—Preferiría que no usaras ese nombre. Yo soy el Doctor Tussó.

Sorpresa.

—¿Eres tú el mismo que está ocupando el cuerpo del doctor?

Julián no aceptó el comentario, pues aún no evitaba sentir vergüenza. Entre los Inquilinos del Tiempo existían varias reglas y él las había roto casi todas.

—Puedes pensar lo que quieras, pero de no haber sido por mis acciones, nunca hubiese podido sacarte del hospital. Julian Tussó goza de un reputación que me ayudado a lograr lo que nunca hubiese podido en mi propio cuerpo.

Era muy extraño ver su cuerpo en manos de otro y hablarse como si fuera un espejo. Un espejo que no quería aceptar pues en él estaba su versión más demacrada y golpeada. Barba descuidada, cabello enredado. Extrañaba su piel oscura, pero no la suciedad que se veía encima de ella. Había tomado una buena decisión y si su cuerpo tenía que pagarlo, era un precio digno de sus planes.

—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—Otto Barriot —contestó y ambos rieron, entendiéndose aliados— Lui Ussa, mi nombre real es Lui Ussa y aunque no lo creas, creo que tienes razón en haber usurpado el cuerpo del doctor. No conozco tus motivos, pero me temo que tendré que hacer lo mismo con el tuyo.

Julián pensó por un rato.

—¿Qué estás buscando en esta época?

—Al caballero blanco

Sorpresa.

—¿El Caballero Blanco?

—Sí, él o mejor dicho ella, regresará durante estos años. No he logrado descifrar cuál. Pero sin duda en los tiempos de tu cuerpo.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Para eso fui entrenado, para reconocerlo, encontrarlo y ayudarlo.

Julián hizo silencio. Trataba de entender como eso afectaba a sus planes.

—Entonces asumo que sabes que la Guerra de las Tintas está a punto de comenzar —preguntó Julián

—Lamentablemente…

Julián se volvió a mirar a sí mismo en los ojos.

—Esta bien. Puedes usar mi cuerpo, siempre y cuando no delates que soy yo el que está usando el del doctor.

—No creo que vayamos a tener problemas.

—Creo que es sano decirte que cuentas con mi ayuda —dijo Julián poniéndose de pie—, he decidido tomar parte en la guerra y apoyar a los Verbedíns.

Ussa lo amenazó un poco con la mirada.

—¿Estás seguro que dentro de tus intereses está tomar parte con una tinta?

—No me estarás diciendo que debo unirme a Vincent Morozur y sus células de poder ¿Cierto?… Los Verbedíns son los únicos capaces de hacerle frente. Es la única forma de acabar con la guerra de una vez por todas.

Ussa hizo silencio. No se puede hablar con alguien que ya decidió un bando. Es el problema de todas las guerras y en especial en esta de las tintas.

—¿Aliados? —preguntó Julián

—Amigos —respondió Ussa.

Se dieron la vuelta esperando no tener que volver a encontrarse.

 

De vuelta en el hospital, Skandragupta revisaba iracundo la habitación de Otto Barriot. Parecía tener la esperanza de que si volvía a mirar debajo del colchón, allí lo encontraría escondido. Temblaba por el encuentro con su jefe real o amo, sería mejor decir, Vincent Morozur. No tendría manera de explicar cómo la doctora había sido capaz de liberarlo sin que él hiciera nada.

Se sentó en la cama con ganas de llorar. Pateó la mesita y la gaveta quedó entreabierta. Notó un pedazo de papel. Lo único que quedaba en la habitación. Lo desdobló y leyó:

Los manicomios no son para los que están locos, sino para complacer a los cuerdos que se confunden con la verdad.

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